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Cuando el cuerpo calla… y la mente pide aire

Cuando el cuerpo calla… y la mente pide aire

Esta semana me ha recordado una verdad incómoda del alto rendimiento:

no siempre es lo físico lo que pone las barreras.
A veces se apaga la chispa.

Con el maratón de Londres en el horizonte, han sido semanas de control absoluto.
Horas y horas midiendo y afinando: alimentación, sueño, respiraciones por minuto, temperatura corporal, variabilidad, carga, ritmos, pulsaciones…

Todo medido.
Todo ajustado.

Llevábamos semanas jugando a ese filo fino que separa progresar de pasarte:
apretar, absorber, volver a apretar.
Un cuerpo que respondía, que crecía, que mejoraba.

Hasta que el martes algo cambió.

Cayó uno de los valores que siempre respeto.
El que suele avisar de fatiga.

Y lo raro fue esto:
normalmente los datos van de la mano, pero esta vez no.
Recuperación óptima, temperatura corporal perfecta, pulsaciones en reposo en mínimas.
Cuerpo aparentemente relajado y controlado.

Pero ese dato no mentía.
Y su frase tampoco:

“Alfonso… no tengo energía.”

Al principio intentas racionalizarlo.
Un mal día. Se sigue. No se toca el plan.

Pero pasó otro día.
Y otro.
Y otro.

Cuatro días seguidos.

Y entonces lo vi claro: no era el cuerpo.
Era algo más profundo.

Su mente estaba pidiendo oxígeno, estaba saturada.
Y cuando la mente pide oxígeno, el cuerpo hace lo que tiene que hacer para protegerse:

cierra el grifo.

Te quita energía.
Te quita brillo.
Te obliga a escucharte.

Así que hicimos algo que cuesta cuando te estás jugando tanto:

paramos.

Dos días libres.
Sin dieta. Sin entrenos.
Que se fuera con su mujer, con su familia.
Que dejara de ser atleta… para volver a ser persona.

Yo le dije lo único que necesita escuchar un atleta cuando duda:

“Está todo controlado. La responsabilidad de tu rendimiento es mía y del entrenador.
Tú solo confía y haz tu trabajo.”

El primer día siguió igual. Nada cambió.

Pero el segundo, cambió.

Como si alguien encendiera una luz por dentro.

Volvió la energía.
Volvieron las ganas.
Volvió él.

Y entonces llegó la señal que te devuelve la fe en el proceso.

Dos días después, un rodaje habitual: 30 km a 2.800 m.
Ritmo cómodo: 3’40’’/km.

Cómodo… si fuera al nivel del mar.
A esa altitud, 30 km es otra liga.

Lo inesperado fue el dato:

20 pulsaciones menos que hace mes y medio en el mismo rodaje.
Mismo recorrido. Misma altura. Misma distancia.

El cuerpo había absorbido el bloque de 5 semanas.
Y había hecho lo que queríamos: ser más eficiente, gastar menos para correr igual.
Esta es la clave del maratón.

Y cuando ese tipo de cambio ocurre, se nota también en lo humano.

Percepción de esfuerzo: 2/5.
Energía al final: 5/5.

No era casualidad.

Habíamos hecho algo bien.
No solo entrenando… sino cuidando el momento en el que el atleta se estaba apagando.

Ahora entramos en la recta final hacia el 26 de abril, Londres.

Y aquí quiero decirlo claro: nuestro objetivo es ganar.

Vamos a medirnos con los mejores maratonianos del mundo.
Con los que dominan este deporte.
Con los que llevan años escribiendo la historia.

Nosotros debutamos allí: su primera maratón.

Y aun así, vamos.

No a “participar”.
No a “ver qué pasa”.

A competir.

A poner sobre la mesa todo lo que tenemos: método, control, innovación… y corazón.

Y salga lo que salga, hay algo que nadie nos puede quitar:

estamos dando todo lo que tenemos dentro.

Eso, para mí, ya es un triunfo.
Porque el verdadero fracaso sería no vaciarnos por completo.

Esa es la filosofía de Santamadre:
poner a disposición del atleta todos los medios, la innovación, la pasión… cuando más lo necesita.

Y en esas tiradas largas, incluso en las “cómodas”, también entrenamos lo que luego decide una maratón: la estrategia.

Ese día replicamos la estrategia pre-carrera y cuidamos el resto:

UNUSUAL FUEL en 750 ml de agua
GEL 45 (100 CAF) después de calentar
Km 10: 60 ml UNUSUAL FUEL
Km 15: RESET GEL + 50 ml de agua (poco a poco)
Km 20: 60 ml UNUSUAL FUEL
Km 25: 60 ml UNUSUAL FUEL

Nada más terminar:
UNUSUAL RECOVERY en 400 ml de agua fría.

ORIGIN / Santamadre
A veces el salto no llega apretando más.
Llega cuando aprendes a escuchar… y a volver en el momento exacto.

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